
¿Quién fue realmente el papa Francisco? Para el padre Augusto Zampini, un cura de San Isidro que trabajó cerca suyo en el Vaticano, la respuesta está en una escena que nunca olvidará.
Fue en una reunión en Roma, justo antes del cierre total de Italia por la pandemia. Allí, Francisco escuchaba atento a sus colaboradores debatir sobre hospitales colapsados, cierres de fronteras y estrategias frente a la emergencia. En medio del debate, el Papa pidió silencio y dijo: «Se viene una difícil, pero tenemos que pensar qué nos pide Dios a nosotros. Nuestra misión es darle luz al mundo.»
Esa frase, recuerda Zampini conmovido, «lo pinta de cuerpo entero». No pensaba en intereses de poder, sino en ayudar a la gente, sin especulaciones. «Ahí pensé: a este le creo. Este realmente es el representante de Jesús», confiesa con lágrimas en los ojos.
A días de la muerte de Francisco, Zampini lamenta no haber podido despedirse. Tenía planeado visitarlo en marzo, pero la salud del Papa se deterioró rápidamente.
La trayectoria de Zampini refleja la influencia de Francisco: abogado, teólogo, posdoctorado en Cambridge, fue llamado por el propio Papa en 2017 para ocupar un cargo clave en el Vaticano: subsecretario del Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral. Desde allí trabajó, entre otras cosas, en la Comisión Covid-19, dialogando con farmacéuticas y la OMS para garantizar un acceso justo a las vacunas.
«Francisco intervino en muchos temas más de lo que se sabe», asegura. Desde la defensa de migrantes hasta su rol clave en el Acuerdo de París sobre cambio climático.
La vocación de actuar lejos de los reflectores ya venía de antes: cuando Zampini era joven y servía como cura en el Delta, la lancha que usaban se rompió. El motor era carísimo. Sin embargo, apareció uno nuevo, donado en silencio por Jorge Bergoglio, entonces arzobispo de Buenos Aires. «Lo sacó de su propio bolsillo», recuerda.
Así fue Francisco: sencillo, discreto y siempre dispuesto a tender la mano.

