
Imaginemos que la felicidad es un tesoro escondido en una isla remota. Durante siglos, filósofos y pensadores intentaron trazar mapas para alcanzarla, pero sus caminos eran inciertos y dependían de suposiciones. Con el tiempo, la ciencia tomó el relevo y comenzó a descifrar las coordenadas exactas de este bienestar tan anhelado. Hoy, los neurocientíficos, psicólogos y especialistas han descubierto que la felicidad no es solo cuestión de suerte ni un destino final, sino una habilidad que puede entrenarse como un músculo.
Así los graficó en una nota reciente con Infobae, Gabriel Rolón: “La ilusión es creer que la felicidad nos va a colmar, que nos va a completar, que seremos felices cuando nada nos falte, cuando hayamos resuelto todo, cuando hayamos cumplido todos nuestros sueños y todo nos salga bien. El ser humano tiene la tendencia a idealizar las cosas y la felicidad no escapa a eso (…) Cuando uno idealiza mucho el amor hay cosas que elige no ver para no desilusionarse y se engaña o hay desilusiones que se lleva por delante porque no aparece esa perfección y con la felicidad pasa algo parecido. Yo creo que para poder ser feliz hay que correrse de esa ilusión, de creer que solo podemos llamar “felicidad” a un estado de plenitud, de completud, donde nada falta, donde todo está bien, porque si querés eso, concluye con la primera ausencia”.
Distintas investigaciones revelaron que la felicidad no depende de grandes eventos ni de la acumulación de bienes materiales. Solo un 10% se relaciona con factores externos, mientras que un 50% está determinado por la genética y el 40% restante depende de acciones intencionadas. En otras palabras, si bien la biología influye, cada persona tiene en sus manos la posibilidad de fortalecer su bienestar mediante hábitos específicos.

